Inclusión parece un término problemático en estos días. Tenemos miedo a la diferencia y en nuestro afán por invisibilizarla, la acentuamos.

Las entrevistas de ingreso a los colegios son angustiantes: escudriñan tu vida, tus finanzas, tus valores… y a veces no dan a cambio la misma cantidad y calidad de información sobre la institución. Es una relación de poder donde los padres, informativamente, salimos perdiendo.

Pero aún de lo que no se dice, se aprende. A veces el tono con el que se dice lo poco -o mucho- revela más de lo que uno piensa.

-¿Ustedes qué opinan de los niños “especiales”?

La pregunta nos chocó e hicimos lo posible para que la replantearan respondiendo que TODOS los niños son especiales. La encargada de la entrevista se sintió incómoda con el sarcasmo pero reformuló:

-Me refiero a los niños “diferentes”.

Y volvimos a presionar: TODOS somos diferentes. Sólo así pudimos hacerla decir en voz alta lo que pensaba:

-¿Estarían de acuerdo con que sus hijos estudiaran con niños con problemas, autistas, con Down?

Llegado ese punto supimos que esa no era la escuela que queríamos para nuestros hijos. La directora que nos entrevistaba hablaba de diversidad funcional con términos despectivos y crueles, pero aún así defendía que el colegio abogaba por la inclusión. Era incongruente: inclusión sin respeto, sin comprensión, sin términos adecuados parecía más bien un requisito que cumplía para estar a la moda.

Un niño que está dentro del espectro autista es diferente. Un niño judío es diferente. Un niño chino es diferente. ¿Diferente a quién? A los neurotípicos, a los católicos, a los afrodescendientes. Pero lo mismo aplica al revés. TODOS somos distintos. Siempre habrá un caso que requiera otro tipo de atención, pero la verdad es que no son tantos como la sociedad quisiera pensar. Y aunque las escuelas promedien factores en común, ninguna logra reunir a niños exactamente iguales (¡menos mal!).

No se ama a otros a pesar de la diferencia… se ama GRACIAS a la diferencia, gracias a lo que los hace especiales y únicos, aunque a veces esa peculiaridad sea retadora. Aprendemos de las particularidades, no de las cosas comunes.

¿Qué ambiente educativo quiero para mis hijos? Uno enriquecedor, nutritivo, donde se eduque para la libertad, donde se comunique para disipar la incertidumbre, donde se aprenda del otro y eso solo se puede dar cuando aceptamos que no somos muñecos cortados con un patrón y que el aprendizaje debe ser flexible, dinámico y respetuoso.